En busca del ojo

Miguel Copón

Galería Buades. Gran Vía, 16. Madrid. 1999

  Bajo el nombre irreverente de “Miguel Copón” se oculta un personaje enigmático que además de artista es crítico y profesor de estética. En cuando creador de filiación conceptual, discípulo de Nacho Criado, no cultiva la pintura como una vocación única, sino como un recurso posible entre otros, junto a la fotografía o las instalaciones. Lo paradójico es que Miguel Copón, a diferencia de otros artistas conceptuales, no pinta palabras, mapas o diagramas, ni siquiera se apropia de imágenes de los medios de masas; su pintura va directamente en busca del ojo, de la sensación retiniana, y no alude los efectos ilusionistas.

En esta exposición, que reúne 17 cuadros de gran formato, conviven dos series. La primera de ellas, a mi modo de ver la más cuajada, nos ofrece imágenes del suelo de un bosque, lechos de ramas y hojarasca observados desde muy cerca; en la otra serie, más reciente, intervienen las figuras humanas. Todas las pinturas son monocromas o casi, reducidas normalmente al negro, el marrón y el blanco, el blanco de la propia tela. Como Gerhard Richter y Richard Artschwagner, Miguel Copón se inspira en la fotografía en blanco y negro, y en particular, en los efectos de las fotos fuertemente contrastadas, quemadas por la luz.

Esta luz excesiva es la auténtica protagonista de estos cuadros, fascinantes ejercicios de dibujo pictórico. En uno de ellos, uno de los más logrados, aparece una muchacha pintando al aire libre: la tela sobre el caballete está vacía y el mismo paisaje ante el que se halla es un espacio vacante de blancura cegadora. En otro cuadro, titulado “No luz sino fuego”, otra figura femenina se pone las manos ante los ojos, no se sabe si para calentarse ante una hoguera o para evitar el deslumbramiento (sólo objetaría aquí la “gaucherie” de los brazos y las manos, que no encaja del todo con el resto de la figura). El argumento de toda la exposición, como explica el crítico Miguel ángel Ramos (alter ego del artista) es ese deslumbramiento. No es sólo un efecto óptico, sino una especie de revelación metafísica (como en la alegoría platónica de la Caverna) lo que acecha en estos paisajes y figuras hechos con el luminoso blanco del fondo, con el resplandor de la ausencia.

Guillermo Solana. El Cultural del Mundo. 28/02/1999

Published on feb 21, 2014
Filed under: Crítica sobre él
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