El grito

fotos: Darío Vigil Hernández

La realidad transcurre entre el balbuceo y el grito. En el principio, el verbo no se ha formado, sólo son sus componentes rítmicos y materiales los que van acumulándose, probando, jugándose en cada ocasión, para lograr confirmar un esqueleto en el que quepa lo razonable, a medida, encasado. El balbuceo del niño es diferente al del loco; el uno construye, el otro inaugura las ruinas de un lenguaje en el que sólo resta un residuo de orden, oscuridad, raíz sin rama. El grito no es su opuesto, sino otro extremo de lo razonable. En el Ordo Virtutum de Hildegard von Bingen, el diablo no puede cantar, porque toda harmonía le está vetada. Sus expresiones rasgan y se pasean por lo inarticulado: gritar, gruñir, chillar, aullar, vociferar, clamar, bramar, rugir. Todas formas variadas del grito, expresión de lo sublime. Gritamos al traspasar un límite, y es traspasando un límite, el vocal y el de lo razonable, como lo manifestamos. Para gritar, es preciso olvidar todo lo que pertenece al ámbito de lo razonable, que reconocemos como prevención. La dificultad del ejercicio es que tiende a lo doloroso, a la herida. No es bastón para el mundo, sino hacha, le gustaría hendir la realidad, comenzando por el cuerpo que aloja la voz. La vibración debe deshacerse de cuanto la aprisiona, liberar. Pero todo lo que aprisiona la vibración es lo que puede modularla: ya no hay canto, ni palabra, ni sentido, ni espera, sino una extremada variedad donde todo ello debe deshacerse. Si gritáramos lo suficiente, nos haríamos daño, sobra garganta, laringe, boca o labios, los pulmones quisieran estallar en velocidad y abrirnos en canal, pelarnos con el grito, partir, dividir, agrietar. Quizá que la autentica harmonía sea la del diablo, que en el grito nos posee. Harmonía, palabra griega que indica que las junturas se unen, provocando unidad, continuidad, consecuencia, formas suaves de lo que el grito niega. Si gritáramos con todas nuestras fuerzas, el mundo se partiría. O eso significa diablo: el que separa, la antiharmonía. En los restos balbuceados reconocemos la imposibilidad de un mundo hecho de ritmos, variaciones y repetición, su estructura material desnudada, como música. En las destrucciones del grito, el mundo es orgiástico, dionisíaco: la boca de Apolo es lo que nos impide gritar con toda la fuerza, ser devorados por las pasiones, el dolor, el miedo, el placer, aquellas que nos hacen gritar perdiendo en parte el sentido, saltándonos los límites, o compartiendo como en la proeza deportiva, la satisfacción, desde nuestro cuerpo caprino de sátiros, de haber traspasado un límite. Gritar para desaparecer, deshaciendo mi cuerpo, convirtiéndome en animal –un límite de lo humano- gruñendo, aullando, bramando, o en un dios –segundo límite de lo humano- dionisíaco, encendido, abierto, estallando sobre cuanto hay para partirlo en dos, en infinitos pedazos irreconciliables, sin posibilidad de imán. Nos gustaría gritar lo suficiente para que mi cuerpo estallara, y con él el mundo.

O no es otra cosa el mito fundacional cristiano, no nace del grito de desesperación del hijo, al comprender su soledad en la cruz, el abandono del sentido, “Eli, Eli, ¿lama sabactani?” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Mateo 27:46” Un segundo grito, tras la pregunta por la soledad hace que el hijo de Dios muera: “Jesús, gritando otra vez con gran voz, exhaló el espíritu”. Desde aquí, se crea nuestro mundo, auténtica teogonía, que plantea la pregunta sin posible respuesta, tan sólo voz sin modular, vibración libre, aire tenso que atraviesa y revienta el cuerpo y se dirige sin pausa a crear el mundo desde sus cenizas. El diablo posee a Cristo, Dionisos habla por la boca de Apolo. “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y la tierra tembló y las rocas se partieron; y los sepulcros se abrieron… . .

   

Published on ene 10, 2014
Filed under: Texto
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