Canto

El temple de una voz se define en el modo en que se sostiene sobre el silencio. Si todo es un modular del aire, en qué modo se distinguen hablar, recitar, cantar. Si el centro es la voz, algo indescifrable ha de ser lo que marque las distancias en que se recibe, se proyecta, nos envuelve. Hablamos con descuido, tomando sólo las partes funcionales de lo dicho, sabiendo quizá lo que queremos decir o conseguir con un encadenamiento de palabras. La norma y lo normal es lo que se persigue, una eficacia de lo concreto; o esa palabra que no conviene a los otros ámbitos, en cuanto estrecha: comunicar.

Recita la voz que se escucha a si misma, y en ese viaje de vuelta es perceptible para otros. Una voz y una boca que se atiende, haciéndose consciente de la carne del verbo y de cómo atraviesa y con qué tiempo la lengua, los labios, el aire, el espacio alrededor del otro. La voz se oye a sí misma en la palabra hecha ritmo del poema, se vuelve reflexiva, justo lo suficiente para perder la eficacia directa de lo comunicativo. Algo que sale de los labios y acepta la distancia misteriosa que rodea a quien pueda oírla. Así la palabra eficaz del discurso hablado sufre todas las tensiones de la voz vuelta sobre sí: un reflejo donde espera, el silencio en la base, el rumor consciente, la melodía contenida en un lanzamiento aún sin blanco.

Oír recitar a los poetas su obra no suele ser habitual, nos encontramos antes con que somos intérpretes de sus ritmos contenidos en la letra, que oyentes del espacio sonoro de sus pulmones, aunque en ocasiones sea posible oír el asma en las letras de Lezama, o las volutas en Góngora, o el eco del tiempo y la soledad en Cernuda. Todo ello queda pegado a la letra, incluido como modelo acusmático de lo leído.

Leer es  una forma de rapsodia personal, que construye el espacio de la escucha y la comprensión de la flecha lanzada por el Propósito oscuro del poema. Interesante para ello sería crear' la imagcn de un poema leído por diversos coros. Por ejemplo, el mismo poema interpretado por cien personas, sucesivamente, o el mismo poema leído por mil personas, al tiempo. Las funciones del ritmo, la interpretación en su término étimo, es decir, como puesta en valor de una letra muerta hasta su puesta en acción, el calor y el color, el sabor y el saber que se quisieron esconder en ellas, comenzaría a brillar en harmónicos, a fermentar en formas, a convertirse en sinfonía de tonos, a acercarse al canto. Cantamos en la oscuridad para sentirnos acompañados.

El canto se construye desde la máxima conciencia de la palabra que se atiende a sí en el otro. Forma por ello de la amistad, y forma mayor que puede transverberarse en amor, atención hacia el otro en una forma selecta. La música, acompañando al canto puede ser una forma de subrayado del contenido que el poema ya posee. Subrayar es siempre una función prosaica, del habla. aburrida en cuanto nos dice lo esperado y esperable. Esperar lo inesperado, fórmula mágica de Heráclito, conviene a los sonidos que al lado del canto pueden jugar con él, lo ayudan y se alían en armonizar otros espacios de relación. La voz que se ha hecho música es aquella que no teme al silencio y se sostiene sobre él sin acompañamiento, humilde, sin la necesidad del subrayado, agradeciendo el que otras melodías puedan sumarse a ella.

Así sería que el destino mayor de un poema fuera deshacerse en canto, en volverse anónimo y en ser recogido en cien, mil, cien mil voces que derivan y juegan las líneas materiales que el hablar no preveía. El espacio inesperado, el que sentiría un escritor con el máximo pavor y el extremo placer: imaginar la voz, no ya su voz, interpretada por la totalidad de los lectores que la han recogido.

Un libro se lanza como la voz espera el eco. En este curioso objeto , el autor escucha su voz en los ojos de los otros. El poeta reconoce sus lugares. Los concreta. Si sabor y saber son palabras de la misma raíz, la voz de Pablo Guerrero sabe a tierra y luz, al mar como forma lejana y de una amplitud insondable, cósmica. La dehesa, el abrazo, el árbol, son cercanas, como también lo es el espacio de una infancia entendida como un retorno, no como una nostalgia.

Niño sin dolor, con el sabor salado del mar en la dehesa, en un juego especular de espacios, lo más lejano, sin medida, plural, rumor de olas sin tiempo ni fin; lo cercano, erotizado por el tacto, la piel, el sabor, la sinestesia de la presencia de otro amado, amigo, abierto, en espera. Un espacio próximo abierto en esperas para que acuda a la cita, como lo más orgiásticamente maravilloso, toda la lejanía en el que la mirada, la voz, siendo tan propia, contiene la voz, la miradadel otro que soy, ya, yo. Las imágenes que Pablo prefiere se ajustan en series siempre tensas por esta distancia erótica: tierra de luz, formas fugaces. pasos entre lo interior y lo alejado, ojos, manos, piel, espejos de agua. La soledad es lo que habita la mayor distancia, la forma en que el poeta, citando a María Zambrano, la ofrece para hacerla compartible. Mi voz es tu oído. No cantamos al hablar, sino cuando materializamos lo dicho en tacto carnal, en placer medido hasta rozar la desmesura, cuando dejamos la palabra en el espacio y el aire que rodea lo que otro pudiera reinterpretar.

La voz, el tono, la melodía, el aire, el ritmo, la saliva, todo tendido al otro. La laringe y los labios no modulan la materia que pasa: no es una voz preparada la que transforma la palabra de la prosa, con la que pedimos un café, en la palabra que al pedir un café trastoca con humildad el modo de oír y pensar lo que nos rodea, lo vuelve magico por desconocido, nos encanta al sembrar la suposición de que lo presente tiene otras dimensiones no presentes o impresentables, imantadas, lucidas, prendidas de luz, de encanto, de maravilla. Una palabra hablada y aún escrita, es decir, preparada para ser dicha por alguien que aún no llegó a ella, material basico también para el poema y la canción, no es suficiente, aunque la voz quiera impostar con ella un melisma para convertirse en canción o, mejor aún, en cuanto nos permite el castellano, en canto.

El poema susurrado, que teje su rapsodia aún mas con la sensación , en la que inocula todo cuanto sea imaginable, la risa, el llanto, el dolor, la pena, la energía, el imaginable, el salto, la espera, el crujir de dientes, el abrazo, la mentira, la farsa, el miedo y la muerte, el amor, el mar y la distancia, el perfume y lo imposible... se atraviesa inmediatamente hacia el canto. Si no puedo cantarlo es un poema, en palabras de Bob Dylan. No necesita musica la palabra que es su propia musica, la que puede transformar el espacio que la circunda en vibración harmónica, haciendo que otro lo perciba. No existe cornunicación en el poema, sino ganancia de la pérdida. No existe  comunicación en el poema, sino suma de espacio para el decir convertido en materialidad sonora para otro. No importa la garganta, sino que ese espacio sea de la amistad volcada sobre las cosas, la palabra deshecha en afecto, el trasvase alquímico entre lo mas interesante cotidiano y lo maravilloso inmenso de su cercanía, convertida por la mirada envuelta en el verso en un espacio lleno de posibilidad.

Diría que el poeta ha oído ese espacio y lo ha convertido en potencia a la espera de lo maravilloso inesperado en el verso. El poeta siempre canta, espera que la distancia con el otro, teatralizada por la propia distancia con la palabra cotidiana, corresponda a una excitación que abra el sonido. Cantamos en la oscuridad, tarareamos una palabra en rumor, susurro, grito, gesto. Tanteamos al tararea el verso a un tenso otro. Algo surge al atender a la fuerza material de la voz, una nueva distancia sobre sí misma, donde la voz se escucha así en el espacio de otro. Así se escucha en voz de Pablo:

En mis ojos están todos los ojos. En mis manos están todas las manos. Te reflejas en mí tal como eres, En mi cuerpo se repite el milagro del espejo.

Published on abr 29, 2011
Filed under: Texto
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